BREAPOZO, Santiago del Estero.- En el país hay
muchas historias similares de chicos de zonas pobres, que no se
destacan porque su escuela haya salido primera en una evaluación
nacional ni porque haya sido desalojada por grietas.
Son historias comunes de alumnos que, alejados de la comodidad de
las ciudades, estudian con esfuerzo en escuelas rurales; a veces, a
muchos kilómetros de sus casas.
En el Centro Comunitario Rural Evangélico, que funciona como
escuela albergue en el campo, cerca del pueblo de Brea Pozo, a 70 kilómetros de Santiago del
Estero, hay chicos que vienen de lugares distantes, como Tacopugio,
a 60 kilómetros, o Robles, a 24 kilómetros.
Los alumnos hacen toda su vida en el centro: se levantan a las 6,
entran a clase a las 8, a la tarde hacen deportes y aprenden tareas
de campo, tienen todas sus comidas y se van a dormir a las 21. La
escuela, privada, es totalmente gratuita; sus familias no podrían
pagarla.
Este centro fue creado por la Escuela Cristiana Evangélica
Argentina (ECEA), fundada por José Bongarrá en 1961 y que hoy tiene
2000 alumnos, en Irigoyen 2150, Capital. Desde allí se promovieron
centros rurales en Andacollo, Neuquén, en 1973; Agua Escondida,
Mendoza, en 1975; Brea Pozo, Santiago
del Estero, en 1978; Aluminé, Neuquén, en 1980, y Andresito,
Misiones, en 1982.
Por muchos años esta obra fue apoyada por fundaciones alemanas,
pero esa ayuda no llega más porque "ahora nos consideran del Primer
Mundo y prefieren mandar fondos a Biafra o a la India", comentó
Alicia Martínez de Russo, de ECEA. Así que la obra tiene que lograr
financiarse íntegramente en el país.
Deserción escolar cero
En el centro comunitario de Brea
Pozo la deserción escolar es cero. Santiago Castaño, un
chico despierto y sonriente, de 11 años, es de Pozo Frías, un
descampado a tres kilómetros del centro. Allá viven sus padres, sus
tíos y su abuela. Son diez hermanos y el papá no consigue trabajo,
pero cultiva choclos, acelga y zanahoria para mantener a la familia.
El agua la sacan con balde de un pozo que almacena lo que llueve. No
hay electricidad, pero no falta la televisión, que funciona a
batería. Una de sus hermanas, de 22 años, no se pierde ninguna
novela.
La hermana mayor trabaja de niñera en la capital santiagueña.
Santiago y tres hermanitos (Ariel, Víctor y José) viven en el centro
comunitario. Si quisieran estudiar en la escuela estatal de Brea Pozo tendrían que caminar cada día seis
kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. A Santiago le gusta
leer. Y sueña con ser médico.
Franco Silva es de San Roque, a 15 kilómetros. Tiene 10 años y
sabe arar con un caballo. "Cosechamos de todo", dice. Vive con sus
abuelos y sus tíos; no tiene hermanos. Le gusta jugar a la bolita en
el piso de tierra del patio de la escuela, donde cada día se iza la
bandera. Los chicos forman filas bien erguidos y cantan al elevarse
la enseña patria.
En la cocina, un egresado
El cocinero, Raúl Saavedra, es ex alumno. Todos los días prepara
25 kilos de pan en el horno de la escuela. Una hijita suya, Olga
Isabel, tiene siete años y está contenta con la escuela. "Aquí
enseñan a hacer sumas, a pintar, a leer", dice, mientras trata de
escribir en cursiva unas palabras que la maestra le ha dado en letra
de imprenta.
Dice que tiene cuatro hermanitos: Roberto, Ale, Gisela -que tiene
45 días- y Yanina. "Cuento a Yanina, que está en el cielo", aclara.
En la escuela los chicos rezan al empezar las clases y en las
comidas. Muchos cierran los ojos, cuando uno dice: "Gracias, Señor,
pedimos tu bendición sobre los alimentos y los que trabajaron para
hacer la comida". El almuerzo, que el cronista comparte, está muy
bien: arroz con pollo, que muchos repiten, y una fruta. A la noche
habrá pizza.
La provincia da unos fondos muy reducidos para las comidas (80
centavos por día por alumno y sólo 20 días por mes). Así que la
escuela recurre al trabajo de sus alumnos, que aprenden a cultivar
espinaca, rabanitos y remolacha en la huerta; a ordeñar las vacas, y
algunos, los grandes, a practicar la apicultura.
El centro de Brea Pozo tiene 85
alumnos en los dos primeros ciclos de Enseñanza General Básica
(EGB). Los del tercer ciclo -otros nueve- viven allí, pero acuden a
un instituto católico del pueblo, el Pablo VI. Los lleva una
camioneta, al igual que a otros diez más grandes que allí terminan
el secundario.
Oscar D'Alessandro y su esposa, Susana Ciccone, dirigen el
centro. Los dos son porteños y se conocieron siendo maestros en
Mendoza. Se casaron y desde hace años trabajan en el campo
santiagueño, donde viven con su hijo, Sebastián, de 18 años. Están
en todos los detalles: si un chico está resfriado, si hay que
arreglar un aula o conseguir cuadernos. Y se sienten felices de
servir a esos chicos que sufren muchas carencias, pero a quienes ven
crecer y mejorar día tras día.
Comentario diario La
Razón (12-10-99) 